TEMA:
Oración

Problemas con la Oración y Como Resolverlos

Inconsecuencias en la Vida de Oración

II. Nuestra Inhabilidad Para Seguir Instrucciones

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La Mirada Hacia Arriba

"Venga Tu Reino.  Hágase Tu Voluntad."

Por Mariano González V.

Al Jesús introducir en el Padrenuestro la frase “Venga Tu reino”, de inmediato evoca en nuestras mentes la imagen de un Rey y un Reino.  “Hágase tu voluntad” refuerza las prerrogativas que ejercen los soberanos como son las de dar mandamientos, ordenes, a sus vasallos. El Libro de los Salmos llama a Dios el Padre “Mi Rey” más de una vez.  Recurren allí a menudo frases como: “Jehová es Rey eternamente y para siempre” (10:16); “Se sienta Jehová como Rey para siempre” (29: 10).   Es el “rey de toda la tierra” (47:7),  El “Rey de la gloria” (24-10); El“Rey grande sobre todos los dioses” (95:3), etc. 

El concepto de Dios como Rey permea además otras partes del canon sagrado. En la Biblia se percibe a Dios como el regente del universo, y el soberano de las criaturas que pueblan el mundo.  En efecto Dios ejerce perfecta soberanía en el cielo, y en la tierra mueve los hilos y canaliza a voluntad el curso de la historia humana.  Sigilosamente Dios hace que se implemente Su voluntad en la tierra a pesar de la oposición de satanás y sus huestes y de hombres altaneros empecinados en no reconocer Su señorío. Esta actitud humana tomó expresión en boca de los embajadores de la parábola de las diez minas: “No queremos que este reine sobre nosotros” (Lc 19:14).   Y en la de los sacerdotes judíos ante Pilato: “No tenemos más rey que César” (Jn 19:15).   A pesar de ello, el desenlace final de los siglos culminará con los precisos detalles que el Soberano ha predeterminado. Los lineamientos generales de tal culminación EL los ha dado a conocer a través de las porciones proféticas de Su palabra, la Biblia (2 P 2:19). 

El Rey del universo verá que se establezca el consejo de su voluntad, tal y como El lo concibió desde antes de la constitución del mundo.  Su clímax verá culminación en el momento preciso que es de su sola determinación. Esto incluye el formato, el tiempo, el método, el escenario, y los involucrados.  No hay poder terrenal, sea superpotencia hegemónica, o potencia de segunda o tercera categoría, ni hay tampoco poder infernal que sea capaz en lo más mínimo de influir o descarrilar los planes del Gran Rey del cielo y el Soberano de toda la tierra. Después de todo, este es su universo.  Su dedo lo organizó.  El hombre es su criatura (la más excelente) de las que su mano formó. No existe filosofía, método científico, tecnología o experimento de laboratorio que pueda alterar en una micronésima de milímetro la ejecución de la voluntad del Soberano cósmico sobre Su creación.

Al mirar hacia arriba, como enseña la oración modelo, nos colocamos frente a frente a la inescapable realidad de un Dios que es Rey en función perenne.  Nunca se detiene, ni se distrae, ni se duerme, ni jamás se desentiende de su creación.  Es por supuesto un Rey de diferente estirpe, exento de favoritismos políticos, económicos, o sociales. Ejerce su gobierno con perfecta simetría y con sin igual equidad.  El se sienta sobre su solio y desde allí controla soberanamente todos y cada uno de los eventos que ocurren en su vastísimo universo y está al tanto de las circunstancias grandes y pequeñas del microcosmo de nuestras vidas. Bien se nos tiene dicho que ni un pelo de nuestra cabeza cae al suelo sin su expresa aprobación. Nada escapa a su control.

Cuando nosotros oramos “Venga tu reino, hágase tu voluntad en el cielo como en la tierra”  admitimos tácitamente el hecho de su soberanía universal, y consentimos explícitamente en traer ante EL nuestra voluntad personal para alinearla con la suya. Es una manera de renovar nuestro entendimiento y de comprobar y reafirmar que su voluntad es “agradable” para nosotros y “perfecta” para con todos, como afirma Romanos 12:2.  Bien ha dicho William Temple que “Dios es perfecto amor y perfecta sabiduría.  Por tanto, no oramos para cambiar su voluntad, sino para traer nuestras voluntades en armonía con la suya”.

Luce desafortunado que con tanta frecuencia sucumbamos a las dudas de si estamos siendo atendidos en nuestras oraciones, de que nos atrevamos a cuestionar si en realidad Dios contesta nuestras plegarias. Tal déficit de confianza ocurre siempre que tratemos de cambiar los roles buscando que Dios sea quien haga nuestra voluntad, que haga lo que nosotros queremos y le pedimos, o cuando presumimos posible retorcerle el brazo para que ejecute nuestros planecitos poniéndose incondicionalmente del lado nuestro. ¡Que desvarío el nuestro! ¡Cuán monstruosa equivocación! ¡Cuán minúsculo entendimiento del propósito de la oración! Pedimos, y requete pedimos, insistimos en pedir como un gato hambriento debajo de una mesa, pero no recibimos, porque pedimos mal “para gastar en nuestros deleites” (Stg 4:3).

La oración auténtica, supone ser todo lo contrario. Al ejercerla conviene pedir y estar dispuestos a recibir luz y a emplear discernimiento santificado para conocer mejor la voluntad de Dios. Adquirida siquiera una pizca de lo que EL quiere de nosotros, esto debe estimularnos a ponernos incondicionalmente a sus ordenes para ser instrumentos de su voluntad aquí en la tierra tal y como lo hacen los ángeles allá en el cielo.

Demos por sentado que Dios contesta nuestras oraciones.  A veces contesta que no, y esa es una respuesta, buena y valida.  Otra veces contesta que sí, aunque con modificaciones hechas por EL pero siempre procurando el bien nuestro. Es para nosotros desistir de querer llenarle a Dios el oído de cositas y cosillas que sólo gravitan alrededor de nuestro mundito de cositeros.  Vale más que con mayoría de edad acudamos a El armados de una visión expandida que trascienda nuestro mundito. En vez de enfrascarnos sólo a pedir y pedir para nuestro propio beneficio, bienestar, usos, y deleite, pensemos en pedir en consonancia con los diversos, muy extensos y polidimensionales intereses que Dios tiene en su agenda cósmica.  Sus planes serán siempre más sublimes que los nuestros, y sus designios, más encumbrados.

Se hace pues evidente que para nuestro propio bien es mejor encajar nuestros intereses dentro del contexto del amplio mundo de Dios.  De ahí que la instrucción de Cristo sea “Venga tu reino, hágase tu voluntad”. Que aprendamos a prescindir de afincarnos tanto en nuestros mezquinos intereses.  Dios que ve el fin desde el principio, desde su privilegiada posición en las alturas tiene mejor perspectiva para determinar con acierto lo que auspicia el ajuste cósmico de sus inescrutables designios, e incluso, sabe también escoger lo que más nos conviene a nosotros dentro del contexto de esos designios.

Si Dios dijera que sí a todo cuanto se nos antoja entraríamos en increíbles problemas. Dice Ruth Graham, la esposa del universalmente conocido evangelista Billy Graham, que si Dios hubiera contestado afirmativamente todas sus oraciones ella se hubiera equivocado dos o tres veces casándose con hombres que no eran del agrado de Dios.  No obstante, Dios sí oye y condesciende a contestar nuestras oraciones, incluso en los casos cuando no lo percibimos. 

Hubo una temporada de continuos aguaceros.  Las inundaciones pusieron en peligro muchas vidas y destruyeron mucha propiedad.  Un cristiano que vivía en la zona, al ver el nivel

de las aguas subir, comenzó a pedirle al Señor que lo salvara de ahogarse.  Los torrenciales aguaceros continuaron imparablemente.  El nivel de las aguas subió más y más alto.  Pronto este hombre tuvo que subirse al techo de su casa y allí continuó orando que Dios lo salvara. Vino alguien en un bote de motor y ofreció ayudarlo a salir de aquel apuro.  El creyente rechazó la oferta. Para alardear sobre su gran espiritualidad le dijo al del bote que él estaba orando y confiaba que Dios lo salvaría de aquella tragedia. Que estaba seguro que Dios haría un milagro para su uso exclusivo.  

Más adelante, apareció un helicóptero.  Los rescatistas de abordo ofrecieron levantarlo del techo, pero el creyente volvió a hablar de su confianza en el Dios de los milagros a quien se había dirigido ya en oración solicitándole que le hiciera el suyo.  Eventualmente, este hombre murió ahogado.  Evidentemente no le fue posible retorcerle el brazo a Dios, quien sí le contestó, pero no en los términos que aquél hombre esperaba.  Cuando llegó al cielo preguntó a Dios por qué no lo había salvado de morir ahogado. “Yo traté y traté de salvarte”, --le contestó Dios--, por eso te mandé un bote y después un helicóptero.

Y así es, Dios sí que contesta la oración, pero en sus propios términos.  Deja con nosotros la habilidad de discernir la forma como la respuesta nos llega. Sabiendo que sus recursos son ilimites y variadas sus maneras de administrarlos, evitemos subestimar su creatividad en el uso soberano de los inmensos recursos a su disposición.

Si aspiramos a que Dios nos conteste cuando oramos, tendremos que aprender a captar lo que sus labios constantemente nos están diciendo. Dios habla en muchas maneras.  Principalmente, habla por Su Palabra, la Biblia, y en la Biblia colocó providencialmente la Oración Modelo de Mt 6:9-13 para que aprendiéramos a orar a tono con sus propósitos. Démosle zambullidas frecuentes a nuestra atención en el mar de este modelo.  El resultado no se dejará esperar.  Terminaremos orando como el Rey desea que oremos.

Una palabrita de alerta en este punto. Cuando nos arrodillemos a orar seamos conscientes de que Dios no es un mesero de restaurante a quien ordenamos nos sirva la mesa. El es el Rey que con autoridad ordena esperando que sus ordenes sean ejecutadas por nosotros.  Es menester que cuando oremos situemos el corazón en posición sumisa y descontinuemos la arrogancia de ametrallar a Dios con palabrerío que denota nuestra pasión miope, egoísta, e impaciente.  Por cierto, será siempre una mejor partida llevar nuestros corazones a su presencia, aun sin proferir palabras, que tratar de proferir un rollete de palabras sin el corazón. La oración es un gimnasio espiritual donde acudimos para ejercitar nuestro espíritu y para batir las alas de nuestra fe. Debemos llegar al gimnasio con intención de vaciarnos de nosotros mismos para llenarnos de la plenitud de Dios. Acudamos todos los días con júbilo al gimnasio para hacer ejercicios caminando con Dios mientras le hablamos. Asegurémonos que al ejercitarnos lo hacemos al compás de la voluntad de EL. A la vez evitemos pretender que El cambie sus planes para acomodar los nuestros.  Mejor roguemos que nos cambie a nosotros para que acomodemos los planes de EL.  Alleguémonos con fe a su altar. Pongamos allí, como sacrificio vivo, la voluntad nuestra, adoptando como nuestra la voluntad suya.

Dicen que la oración cambia las cosas.  Creo, en cambio, que la oración a quien cambia es a las personas habilitándolas para que ellas cambien las cosas. En mi experiencia personal he sido objeto muchas veces de cambios sustanciales y de reajustes reales que han sido inyectados en mi ser mediante el milagro de la oración.  ¡Qué sublime han sido estas experiencias! ¡Cuán preciosas! ¡Cuán salutíferas! Estoy convencido de que uno de los propósitos más radicales de la oración es aquél de movernos de nuestro egocentrismo innato, de sacarnos de nuestra concha de caracol para convertirnos en agentes con vocación altruista. Por consiguiente, creo que aquél que se levanta de sus rodillas con una medida de altruismo en el pecho (por pequeña que esta sea), ya ha recibo respuesta a sus oraciones. Recuerde además, compañero mortal, que el cielo nunca quedará sordo aun cuando su corazón ore sin balbucear palabras (Ec 5:2).  Dios inclina Su oído al clamor de nuestras súplicas y contesta conforme a la muchedumbre de Sus misericordias. Sin embargo, no espere usted una respuesta de un millón de pesos a una oración de un centavo.

Cuando con sinceridad oramos “Venga tu reino” estamos anticipando además el feliz momento cuando el Rey del cielo establecerá su reino literal sobre la tierra.  El profetizado milenio será una era dorada donde prevalecerán la justicia social (Is 11;3-5), la prosperidad económica (Miq 4:4; Is 30:23-25). la paz auténtica (Is 2:3-4).y la equidad (Sal 67;4)  La norma en el milenio serán la armonía social, la salubridad perfecta (Is 35:5-6), y la longevidad (Is 65:22)  “¡Venga pues tu reino!” ¿Quién es que no quiere que venga un reino así?  ¿Quién es que no anhela el advenimiento del Estado ideal? ¡Que venga pues ese reino!   Y . . . ¡Que se apresure a venir pronto!  A la cabeza de este reino estará nada menos que el “Deseado de todas las naciones” (Hag 2:7), Jesús, el Mesías, el heredero al trono de David, el dinamo del Reino de Dios, Reino que en última instancia, nunca verá fin (Is 9:6-7; Lc 1:32-33.  Como en cierto modo la venida del Reino depende de nuestras oraciones, queda con nosotros el privilegio de rogar, con todos los que vehemente lo esperan: “Venga tu reino”

Como habrá colegido mi lector, la oración que Jesús nos dio para que con ella modelemos las nuestras, es una oración que infiere vasallos dispuestos a promover la plenitud del Reino de Dios sobre la tierra; primero en ellos mismos, y luego también en los que los rodean.

Resulta hipócrita orar “hágase tu voluntad” mientras sigamos empecinados en hacer la nuestra.  ¡Venga pues primero a mi tu Reino, Señor!   Y . . . ¡Que venga con fuerza arrolladora!  ¡Que venga trayendo a mi propio ser interior su milagro transformante!  Por tanto, ¡Asísteme, oh Dios!  ¡Dame la medida de gracia necesaria para emular a tu Hijo, el manso Cordero!  El acentuó con gran pasión para nosotros su sumisa actitud. Dijo resignado: “El hacer tu voluntad, oh Dios mío, me ha agradado.  Y tu ley está en medio de mi corazón” (Sal 40:8)  Retumbe también en mi oído y haga resonancia en mi conciencia su agónico ruego en Getsemaní en víspera del trago amargo que había de tomar: “Si quieres –dijo al Padre— pasa de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lc 22:42).  ¡Cuantas veces durante su carrera terrenal se le oyó proferir frases como ésta: “No busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió, la del Padre”!(Jn 5:30; 6:38).  Es menester pausar ahora y seguir pausando muchas veces, durante todo el tiempo que dure nuestro peregrinar, hasta que por osmosis se filtren en las fibras íntimas de nuestro ser los benéficos elementos de la sumisión de Cristo.

Ha llegado la hora, y ahora es, cuando es una necesidad suya, lector, y mía, renovar el voto solemne de sumisión al Rey. No para continuar como meros contempladores estáticos, sino para volvernos activistas dinámicos.  Discípulos que decidan romper con el jueguito del iglesianismo en que por tanto tiempo hemos indulgido, para traducir en nosotros los quilates del auténtico cristianismo. El auténtico cristianismo, como es de esperarse, debe llevar al dinámico activismo del evangelismo.  Este es el lado práctico de esta ecuación.

En atención a la última voluntad del Rey expresada en la Gran Comisión, marchemos por el mundo, sin aflojar, con la siguiente proclama:  ¡Mundo! ¡El reino de Dios se ha acercado! Te conviene arrepentirte y creer al evangelio.

Cuan relevante para nosotros y utilitaria para todos resulta la dos veces milenaria oración: “Venga Tu reino, hágase tu voluntad en el cielo como en la tierra”.

 

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