TEMA:
Oración

Problemas con la Oración y Como Resolverlos

Inconsecuencias en la Vida de Oración

II. Nuestra Inhabilidad Para Seguir Instrucciones

- B -

La Mirada Hacia Arriba

"Padre"

Por Mariano González V.  

     Con el fin de listar los elementos que cuecen nuestra inhabilidad para seguir las instrucciones de Mt 6:9-13, transcribimos a continuación la oración modelo como se halla en la citada porción: “Vosotros pues, oraréis así: ”Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre. Venga tu reino.  Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra.  El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy.  Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores. Y no nos metas en tentación, mas líbranos del mal; porque tuyo es el reino, y el poder, y la gloria, por todos los siglos. Amén”.

     Al leer esta oración, nos impacta de entrada su brevedad y su simplicidad. Al mismo tiempo, hace evidente ante nuestros ojos cierta densidad en su contenido teológico que no es común en el orar de los paganos.

     La oración que el Señor enseñó a sus discípulos exhibe además una marcada precisión doctrinal. Revela del principio al fin un propósito didáctico definitivo y un objetivo catequizante específico, inteligente, y sabio. Evidentemente, esta oración no se concibió al azar sino que es hija de un planeamiento dialéctico cuidadoso por el mejor de los Maestros. Fue pensada al milímetro nada menos que por el Hijo de Dios mismo.

     El Padrenuestro hace obvio también, la intención de Cristo al dar este modelo, y es aquella de cerrarle el paso a la tautología o repetición del mismo pensamiento y palabras al orar. Aunque este pueda venir a veces velado por ligeros cambios en la fraseología, degenera lo mismo en las repeticiones del orar pagano. Mas que en la forma, el peso del énfasis debe en todo caso recaer en la sustancia. La esencia repetitiva de la oración en las religiones no cristianas, como dice el diccionario Larousse, se ensuelve en lo que es el corazón del paganismo: orar con “repetición inútil o viciosa”. Este vicio, por supuesto, no sólo es indeseable sino violatorio del intento del patrón con que Cristo subió de grado la calidad de lo que debía ser la oración de sus seguidores.

     Al estudiar analíticamente la oración modelo resaltan de inmediato tres miradas. La mirada hacia arriba, la mirada hacia adentro y la mirada hacia afuera.

     En los versículos nueve y diez encontramos la MIRADA HACIA ARRIBA. Esta mirada contesta la pregunta ¿Quién es EL?, o sea, quién es ese Padre nuestro. Desde el versículo 11 a la primera parte del versículo 13 encontramos LA MIRADA HACIA ADENTRO y esta mirada contesta otra pregunta: ¿Quién soy yo?  En la última parte del versículo 13 tenemos LA MIRADA HACIA AFUERA y en ella encontramos un himno de victoria, de loor, de exaltación a Dios por quien EL ES, y por quien somos nosotros.

     Note usted que la primerísima palabra de la oración que comentamos es la palabra “Padre”. Está ahí con el propósito de situar direccional e inmediatamente al que ora, sea éste un discípulo de antaño o uno moderno como usted y yo. La dirección, dicho sea de paso, es vertical. Es que seres terrenales y terrenalizados como nosotros necesitan más que a menudo ser sacudidos de sus arraigados hábitos de horizontalidad. Es necesario que nos re-posicionen verticalmente orientando la mirada de nuestra alma hacia arriba, hacia el Trono donde se sienta el Padre. Hacia arriba, dijimos, y no hacia el oriente como los que oran mirando hacia Jerusalén o hacia la Meca. La verticalidad nos transporta, por así decir, en vuelo directo a la esfera celestial, a la sublime morada del Padre, al seno de la deslumbrante mansión que nos aguarda como residencia perpetua más allá de este mundo. La mirada hacia arriba, colateralmente, eleva nuestro status de miserables gusanos que se arrastran por la tierra y nos rehabilita convirtiéndonos en criaturas nuevas programadas para respirar el aire sacrosanto de la atmósfera celestial.

     Esta mirada introduce además, de golpe y sopetón, dos grandes ideas que forjan importantes conceptos doctrinales: La primera señala el objetivo hacia el cual debe apuntar el cañón de nuestras oraciones y la segunda introduce el sublime concepto de la paternidad de Dios.

     El Nuevo Testamento destaca con claridad a quien debemos orar, por lo que no se justifica que erremos el blanco. Cristo Jesús mismo, la 2da. Persona Divina en la Trinidad, esbozó el blanco para nuestras oraciones con palabras precisas que no entretienen ambigüedades. Dijo EL: “Todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre, yo lo haré” (Jn 14:13). Dejó firmemente establecido con ello, que la oración no ha sido encaminada bien cuando se ora al Hijo o al Espíritu Santo. En el peor de los casos, demasiados son los que yerran el blanco con un margen de error todavía mayor al enviar sus oraciones a una imagen de papel, de yeso, de madera, o marfil, a la que consideran un santo, una virgen o un ángel. Según la afirmación de Jesús, la oración supone ir directo al Padre en Nombre del Hijo. Lo demás equivale a arar en el mar.

     La palabra ‘Padre’ se proyecta además en función del significativo concepto de la Paternidad de Dios. Estemos claros que esto no significa lo que llaman la “paternidad universal” de Dios. Ese es sentido que algunos procuran darle buscando establecer o promover la falsa doctrina de que Dios es padre de toda la humanidad. Este desvío dio licencia a un conocido político contemporáneo para afirmar ante millones que: “todos somos hijos de Dios”. 

     Pero no se deje desviar usted por los políticos. Son en sí mismos los eternos desviados y pareciera que su principal función es aquella de desviar a los que les prestan atención. En lugar de escuchar a los políticos busque usted el rostro de Dios en Su Palabra, la Biblia.  A través de sus páginas sagradas el Padre Celestial lo orientará sin desvíos. Desconfíe del hombre cuya precaria condición de perdido nunca será capaz de enseñarle un camino más excelente. ¿Recuerda cuán enfáticamente exhortó el salmista?: “Mejor es confiar en Jehová que confiar en el hombre” (Sal 118:8-9). “No confiéis en los príncipes, ni en hijo de hombre, porque no hay en él salvación” (Sal 146:3). El que tiene oídos que oiga lo que el Espíritu de Dios dice con esto a los creyentes.

     Una cosa es que Dios sea el Creador de la humanidad y muy otra que sea su Padre. Dios, lector nuestro, es Creador de la humanidad pero Padre sólo de aquellos que de entre la humanidad se sometan a EL arrepentidos del pecado aceptando como regla de vida los términos del Evangelio de Su Hijo. Juan 1:12 establece de manera cortante la condición para llegar a ser hijos de Dios. Es muy simple. Para ser hijos de Dios es menester recibir a Jesucristo. No se pide más pero tampoco se acepta menos. Como la vasta mayoría de la humanidad ni ha recibido a Cristo, ni da muestras de interesarle, concluimos que a la tal mayoría no podemos acreditarle el título de “hija de Dios”, ni necesitamos tampoco llamarla hermana. La noción de la paternidad universal de Dios podrá ser políticamente correcta, pero teológicamente . . . no puede andar más renca de una pata.

     El problema es que una vez que se desboca el caballo hay que seguir galopando. La idea de la paternidad universal de Dios no galopa sola sino que tiene que competir en el hipódromo de las doctrinas junto a su prima la “hermandad universal del hombre”. El razonamiento que a tantos parece lógico es que como “todos somos hijos de Dios” entonces todos somos hermanos. Como tendremos ocasión de comentar, la Biblia no enseña la paternidad universal de Dios ni la hermandad universal del hombre.

     Cuando joven, en la República Dominicana, me relacionaba con un hermano que cuando algún hijo de las tinieblas lo llamaba a él hermano, él le contestaba al punto: “¿Hermano?”, “¿Hermano de quién?, ¡Ni primo siquiera!” y dejaba así congelado a su interlocutor.

     Pero a los empecinados en ignorar las pautas de la Biblia no les queda otra que la de seguir galopando. Para consolarse, necesitan seguir añadiendo ideas foráneas ad infinitum sin que alguien se aventure a ponerle el cascabel al gato. Reiteramos, Juan 1:12 desaprueba la paternidad universal de Dios y a la vez destaca que la hermandad es sólo posible entre los que en razón de su fe común en Cristo han llegado a ser hijos de Dios.

     Note usted con la atención debida lo que el Espíritu Santo ha estado diciendo por más de dos milenios en Juan 1:12: “Más a todos los que le recibieron, a los que creen en Su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios; los cuales no son engendrados de carne, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios”. Esta Escritura condiciona la Paternidad de Dios y la limita a los que reciben a Cristo creyendo en Su nombre. Ni más ni menos.

     Corroborando lo establecido en Juan 1:12, el evangelio de S. Juan más adelante da otro macanazo al falso concepto de la paternidad universal de Dios. Con palabras más fuertes todavía, pinta la escena en la que muestra a Cristo fustigando con dureza a los fariseos. Allí oímos a Jesús decir: “Vosotros sois de vuestro padre el diablo y los deseos de vuestro padre queréis hacer” (Jn 8:44, 1 Jn 3:10). ¿Se fijó usted? ¡“Vosotros sois de vuestro padre el Diablo”!

      ¿Le parece radical?

      ¡Ya lo creo que es radical!  

      ¿Son palabras duras?

     ¡Somos los primeros en admitir que sí, que son palabras duras y pesadas! Irónicamente, fueron articuladas intencionalmente para destacar una realidad ineludible.  Forman parte integral del ideario radical y de la dialéctica cortante con que Cristo llamó siempre al pan, pan; y al vino, vino. ¿Es a eso que llaman la “cruda verdad”? ¡Que caigan donde caigan las astillas!, pero los hachazos hay que seguir dándolos hasta que caiga el palo.

     Evidentemente, las citadas palabras salidas de la boca del Cristo, no son un reparto de pan rancio, ni de vino aguado, ni siquiera de café descafeinado. Aquí se sirve el producto auténtico y sin adulteración. Contrástelo usted con el palabrerío hueco con que mandan el evangelio descafeinado algunos predicadores populares. Usan mucha pólvora en poca garza. Sueltan un chorro impresionante de verborrea pero que sólo destila una sustancia diluida. Al predicar se cuidan tanto de no ofender, y en el proceso ejercen tantísimo tacto, que nunca hacen contacto. Lógicamente, el café sin aroma del evangelio moderno produce cristianos descafeinados a quienes hace rato se le evaporó la aroma. El proceso de este tipo de “evangelización” termina con un producto que ni es carne, ni pescao, sólo flan y gelatina. Desafortunadamente, con este producto se llenan las bancas de nuestras iglesias.

     Las fuertes palabras de Cristo deliberadamente abren una temida, pero veraz caja de Pandora. Sin dejar margen a malos entendidos muestran el concepto radical de que la paternidad del mundo está dividida entre Dios y el diablo. Por consiguiente, Dios no es el Padre de la humanidad entera como dicen los cantos de sirena, sino de aquella parte de ella que ha llegado a ser hija de EL por la fe en Su Hijo Jesucristo.

     Para ponerle el punto a la i, los Apóstoles Pablo y Juan confirman esta línea divisoria al hacer un contraste entre los “hijos de Dios” (1 Jn 3:1,2,10; Ro 8:14,16,19,21: Gl 4:5-6) y los “hijos del diablo” (Jn 8:44, 1 Jn 3:10); entre los “hijos de ira” e “hijos de desobediencia” (Ef 2:2-3; 5:6; Col 3:6) y los hijos que obedecen a Dios (1 P 1:14); entre los “hijos de la luz” (Jn 12:36) y los hijos de la noche (1 Ts 5:5).  Scriptura locuta, causa finita est. (La Escritura ha hablado y con esto se sella el caso). No hay más nada de que hablar.

     Nuestro diálogo sobre los problemas con la oración abordó en la presente entrega uno de los puntos doctrinales más neurálgicos. Dio en el tuétano mismo de lo que debe ser la relación del hombre y su Dios o la falta de ella. Evidentemente el hilo de conexión entre el hombre y su Dios dio al traste con la caída de Adán. Afortunadamente para el hombre de hoy la reconexión es posible mediante la fe en la sangre del Cordero de Dios vertida en el Gólgota. Cuando el hombre logra reestablecer dicha conexión tiene todo el derecho de reclamar a Dios como su Padre, y al resto de los hijos de Dios, como sus hermanos en la fe. Esa es una verdad que la Biblia procura destacar y que para el hombre presagia tragedia cuando se permite ignorarla.

     Refiriéndose a la verdad, Salomón recomienda en sus proverbios: “Compra la verdad y no la vendas” (Pr 23:23).  Nos conviene actuar sobre esa recomendación comprando y reteniendo la verdad de la Escritura y aprendiendo a desconfiar en los hombres y sus sofismas. Bien retaba sobre la verdad el poeta español Antonio Machado: “Tu verdad no, la verdad. Y ven conmigo a buscarla. La tuya, guárdatela”.

 

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