TEMA:
Oración

Problemas con la Oración y Como Resolverlos

Inconsecuencias en la Vida de Oración

Introductivo

- B -

 Por Mariano González V.

         En nuestra entrega anterior hicimos una serie de cuestionamientos directos a su vida privada de oración.  En la entrega presente añadiremos otra cortante pregunta con el pedido de que la medite sobriamente antes de proceder a darle respuesta. Aguce bien el entendimiento pues aquí le haremos la pregunta del millón. ¿Está listo? . . .   . . .

¿Sabe usted orar? . . .

¿Pregunté yo si sabe usted orar? . . .

¡Como lo leyó usted!

Repito la pregunta ¿Sabe usted orar? . . .

     Hay a quienes resulta fácil orar públicamente pero se les dificulta muchísimo orar privadamente. En esa venia habremos de entender, de una vez por todas, que la mejor preparación para la oración pública es la oración privada. 

     Cualquier Juan de los Palotes puede pararse y disparar en público todo un rosario de frasecitas de corte religioso y hasta puede lograr varnizarlas con una entonación piadosa. "¡Que lindo ora el hermano!" - dicen los que lo oyen. Pero pareciera como si su oración estuviera dirigida a los oídos de los presentes y no al Dios que en efecto queda remoto o está totalmente ausente. El uso de este artificio no equivale a saber orar.

     Se dice que el diablo tiembla cuando ve al más débil de los cristianos sobre sus rodillas, pero que hay un tipo de oración que al diablo le encanta oír, y es aquella que va dirigida a la audiencia. Asegúrese de dirigir certeramente su oración a Dios el Padre en Nombre de Cristo, y dejará al diablo en crónico tembleque.

        Por otro lado, hay los que imitan y reproducen al dedillo el tonillo religioseado de otra persona a quien escuchan orar a menudo en el culto, y quien según les parece, sabe hacerlo muy bien. Hacen dicha reproducción con la perfección de una grabación en cinta magnética o en CD. No podían ser más puntillares ni milimétricos.

¿Es usted uno de ellos?

Persistimos en la pregunta . . .

¿Sabe usted orar?

¿Realmente?

    Tal vez sea aquí donde comiencen sus y mis problemas con la oración. Nos dormimos en nuestros laureles creyendo que sabemos orar pero en realidad no sabemos.

     Tal vez le tome por sorpresa conocer, que los amigos más íntimos de Cristo dieron a entender que no sabían orar. Sí, sus propios discípulos dejaron entrever que andaban cojeando en este aspecto básico de la vida espiritual. Eran Sus aprendices de apóstoles a quienes Cristo personalmente había seleccionado para El mismo adiestrarlos en los misterios del Reino de Dios, y a quienes en su momento comisionaría la gigante tarea de predicar por todas las comarcas del mundo mediterráneo. No obstante, por lo que ellos pidieron, revelaron que no sabían orar.  ¿Pecamos nosotros de presuntuosos cuando presumimos que sabemos orar? ¿No es esto creerse más sabio que los apóstoles que admitían que no sabían?

       Al llamarlos Cristo para esta labor misionera, los discípulos habían respondido instantánea y voluntariamente. Habían dejado atrás todo para seguirle. Con sus propias manos habían palpado el Verbo de Vida en persona y con sus oídos habían escuchado de sus labios las más sublimes enseñanzas. Estos hombres llegaron a ser sus amigos íntimos que andaban para arriba y para abajo con EL, viajaban con EL, descansaban con El, comían con El, planeaban sus estrategias evangelizadoras con EL, dormían al lado de El, le oían orar en las cimas de los montes, y estaban a su lado cuando El repartía el pan de la enseñanza en el campo y por las ciudades. Al morar con EL, habían visto con sus propios ojos los milagros espectaculares que Cristo hacía y, oportunamente, ellos también serían dotados por Jesús con la virtud de hacer milagros. Pero tenían un problema de magnitud: estaban inseguros de si sabían orar.  

Eventualmente, estos tímidos aprendices evolucionarían en incendiarios predicadores que llenarían a toda Jerusalén de la doctrina de Cristo (Hch 5:28) y "trastornarían" al mundo mediterráneo entero (Hch 17:6). Irónicamente, encaraban ciertas dificultades con su vida de oración. ¿Le suena familiar? ¿Se parecían a alguien que usted conoce bien? ¿Necesita usted evolucionar también? ¿Cubrir sus lagunas?

    Fue entonces que con aire de ansiedad vinieron a Jesús un día con la más chocante de todas las peticiones: “Señor enséñanos a orar, como también Juan enseñó a sus discípulos”   (Lc 11:1)  Note que la petición no fue: "Señor enséñanos ‘a predicar’. Su petición fue: “Señor enséñanos a orar”.  Con muchísimo tino alguien se me adelantó al decir: "Prefiero enseñar a un solo hombre a orar que enseñar a diez a predicar".  Y a orar enseñó el Señor a sus doce seguidores.  Los enseñó por precepto y con su ejemplo personal.

           Los discípulos no pedían tampoco que Jesús les mostrara el mejor método para leer las Sagradas Escrituras o la mejor hora para estudiarlas, sino que con marcada pasión pedían: “Señor enséñanos a orar”. ¡Ojalá que la pasión de ellos nos contagiara a nosotros como si fuera una plaga infecciosa! ¿Será tiempo de que salga del fondo de nuestra alma la oración: ¡"Señor, caiga sobre nosotros esta santa epidemia"!

     La petición de los discípulos no fue tampoco "Señor enséñanos a rezar", como luchan hoy por enseñar en las clases de catecismo, sino: “Señor enséñanos a orar”. Hay, por supuesto, un abismo de diferencia entre rezar y orar.  De eso nos ocuparemos oportunamente en el curso de esta serie. En este punto aprovechamos para ofrecerle gratis nuestro folleto titulado REZAR VERSUS ORAR. REZAR VERSUS ORAR puede ser suyo con sólo pedirlo a la dirección que damos al final.

            Increíblemente, varios de estos discípulos habían sido antes discípulos de Juan el Bautista, y como lo expresaron ellos mismos: "Juan enseñaba a sus discípulos a orar".  Así que algo debían haber sabido sobre la oración. No obstante, insistían que El les enseñara a orar. Si recordamos que étnicamente todos ellos eran judíos, costaría mucho acomodarnos a la idea de que sus padres no les hubieran enseñado alguna forma de orar.

     ¿Qué motivó entonces a los discípulos a hacer tal petición?

     Sospecho, que en realidad lo que buscaban con eso de "Enséñanos a orar" es que el Señor les diera un espíritu de oración. Un ventarrón huracanado que intensificara en ellos el poder de comunicarse con el Padre eficientemente, ininterrumpidamente, establemente, continuamente. Que anhelaban aumentar su habilidad para ser más santos de corazón, querían ser más y más como Cristo.  Aspiraban a vivir una vida en un altiplano que se remontara por encima de sus mediocridades peculiares. Hambreaban por vencer las lacras espirituales que los agobiaban. Con ellos, también nosotros, debemos volcar en Cristo el ímpetu de nuestra pasión por El y en un acto de rendición total a Su señorío, debemos allegarnos tan y tan cerca a El que posibilite balbucearle al oído: "Señor . . .  enséñanos a orar".

     El Señor contestó certeramente la petición de sus discípulos. Les dio instrucciones específicas de cómo orar con éxito. Lo hizo con intenciones de que alcanzaran las cumbres y llenaran todas sus lagunas. Les entregó un patrón o modelo adecuado para que cortaran con él sus oraciones personales. Dicho modelo será centro y objeto de comentarios venideros.

     Prometimos en la entrega anterior que abundaríamos en tres causantes de nuestra inconstancia, inconsecuencia, y esterilidad en la oración. Repetiremos sus tres títulos ahora mismo y más adelante abundaremos en sus detalles.  La primera de estas causas es la FALTA DE DISCIPLINA EN NUESTRAS VIDAS. La Segunda NUESTRA INHABILIDAD PARA SEGUIR INSTRUCCIONES y la tercera es que NO SABEMOS IMITAR BUENOS EJEMPLOS de aquellos que fueron antes que nosotros y lograron escalar alto la cumbre santa.  Y es en este punto, lector nuestro, que empezaremos la entrega que sigue. Lo esperamos en la próxima edición de esta misma revista.

Au revoir!

  

          ¡Nos vemos!

 

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