TEMA:
Oración

Problemas con la Oración y Como Resolverlos

Inconsecuencias en la Vida de Oración

Introductivo

- A -

Por Mariano González V.

        La oración supone ser el pulmón de la vida espiritual pero abundan las evidencias de que espiritualmente no estamos respirando bien.  

       ¿Por qué somos y permanecemos inestables, esporádicos, inconstantes, e inconsecuentes en nuestra vida privada de oración?

¿Por qué es que oramos bien un día, y otros no?

        ¿Por qué es tan difícil mantener un ritmo normal, calibrado, constante, y un nivel balanceado de conversación diaria y pormenorizada con nuestro Padre Celestial?

       ¿Por qué es que a veces resulta tan duro orar?

       ¿Por qué es tan fácil dejar de orar posponiendo tan necesario ejercicio para cuando nos sea más fácil, más cómodo? ¿Porqué esperar para cuando surjan circunstancias más auspiciosas, y quedar siempre bizcos porque dichas circunstancias nunca surgen?  ¿Cuándo nos vamos a convencer de que cuando es más duro orar es cuando hay que orar más duro? La oración no nos equipa para un trabajo más importante. La oración es el trabajo más importante.

            Nuestro problema no estriba en que no estemos convencidos de la necesidad diaria de orar. Ni parece residir tampoco en la idea misma de orar. No nos resulta problemático tampoco reconocer la jugosa bendición que se recibe cuando oramos. Nuestro problema parece residir más con la oración misma en sí. Hablemos de ello.

           Cuando asistimos a una conferencia bíblica especial, o a un retiro espiritual, o cuando vamos a un culto donde escuchamos a algún predicador bañado de Unción Santa ametrallarnos con un mensaje que nos llega al tuétano, o si oímos el tal mensaje por radio o televisión, o si nos llega por medio de la página impresa como éste está llegándole a usted en estos momentos; súbitamente nos cargamos de emoción, se nos incendia el espíritu dejándonos altamente motivados y con más inspiración que un poeta.  Sentimos como si nos hubieran inyectado una fuerte dosis del sacro deseo de buscar más a menudo el rostro de Dios, de llegarnos más cerquita de EL, de palpar con las manos de la fe Su Trono mismo, de lograr un mayor equilibrio en nuestra vida cristiana, de estabilizar nuestro contacto diario con EL al punto de convertirnos en mejores y más fieles sirvientes suyos.

         En la práctica, desafortunadamente, el impacto de dicho ungido mensaje se va borrando poco a poco de nuestras mentes y paulatinamente vamos poniendo en reverso el automóvil de nuestras vidas. Imperceptiblemente damos marcha lenta hacia atrás, y al final, aterrizamos de nuevo en el lugar estéril en que estábamos antes.

       ¿Por qué estas altas y bajas?

¿Es posible alcanzar alguna medida de equilibrio relacional con Dios?

¿Está dentro de nuestras posibilidades la de lograr mayor estabilidad en la vida de oración?

¿Es ese vaivén todo lo que Dios tiene para nosotros?

¿Podemos aspirar a subir más alto?

¿Nos es dable subir a la cúspide de la montaña santa misma dejando atrás el infértil valle de los altibajos? . . .

Déjeme traer esta situación más cerca a su corazón, y permítame que le pregunte . . . 

¿Ha orado usted hoy?    .   .   .

¿Por cuánto tiempo?  .   .   .

¿Que pidió usted en esas oraciones? .   .   .

¿Se acuerda? . . .

¿Por qué razón pidió lo que pidió?   .   .   .

¿Oró usted realmente? ¿O solamente pasó por una pesada obligación diaria? 

        Algo que usted sabe que tiene que hacer, y porque lo tiene que hacer, lo hace a raja tablas forzadamente, rutinariamente, mecánicamente. Sus labios pronuncian palabras pero su corazón está más lejos que la Oceanía. Se las pasa usted diciendo palabras huecas, hilando ideas vacías, frases que no afectan las fibras íntimas de su corazón. Se halla usted atrapado en una rutina de concreto que no flexibiliza ni a martillazos, y lo que es peor, usted se siente impotente para sacudirla. Suya es una rutina mortífera que no deleita su alma ni mucho menos edifica su espíritu.  De no ser tan extrema su situación, déjeme que le pregunte entonces:

¿Está usted seguro de que está orando?

¿De veras?

     ¿Está realmente orando o solamente cotorreando?  Cotorrear es repetir palabras gastadas por el re-uso y seguir ad infinitum por la misma vereda pronunciando ideas requete trasnochadas.

     ¿Está usted orando o solamente tratando de dictarle a Dios lo que El debe hacer por usted siendo que usted se considera la persona más importante del mundo, y el centro mismo del universo?  ¡Tal vez haya llegado a creerse que es el favorito de la Divina Providencia!  Pareciera como si usted hubiera llegado a creerse con derecho a acaparar toda la atención de Dios siendo que El no tiene más nada que hacer, ni a más nadie a quien atender. No le ha pasado por la mente siquiera el aburrimiento que puede estar causándole a Dios la rutina religiosa que usted empuja cuesta arriba como si transportara un cadáver. ¿Se ha fariseado usted demasiado sin darse cuenta?

     Otra consulta . . . ¿Está usted orando?

¿O simplemente tratando de convencer a Dios que sancione, que le ponga el sello de aprobación a su manera estéril de vivir? . . .  

     ¿Está usted orando?

      O sólo informándole a Dios de las cosas malas que le pasan al pobrecito usted, o de las cosas alarmantes que están ocurriendo en este turbulento mundo de terror y de terroristas? Después de todo, a Dios hay que mantenerlo al día de cómo andan las cosas por aquí abajo, porque, ¡Pobrecito! EL no lee el periódico del día, no oye las noticias por radio, no se ha comprado un televisor, ni sabe navegar por la internet.

     En próximas entregas de esta serie seguiremos reflexionando sobre las causas responsables por nuestra inconstancia e inconsecuencia en la oración. Daremos a lo menos tres razones y situaciones que militan contra la posibilidad de que nos adueñemos de una vibrante vida de oración. La primera de dichas tres razones es: FALTA DE DISCIPLINA EN NUESTRAS VIDAS. La segunda tiene que ver con NUESTRA INHABILIDAD PARA SEGUIR INSTRUCCIONES, y la tercera se debe a que TAMPOCO SABEMOS IMITAR BUENOS EJEMPLOS.

     Usted no querrá perder ni uno solo de estos artículos y creemos que también querrá compartirlos con otros sacándoles fotocopias para repartir. De todos modos dé a conocer esta serie entre sus amigos, vecinos, compañeros de trabajo o de escuela, a los hermanos de su iglesia y a todos sus relacionados, para que ellos también lean y sean bendecidos. Hasta nuestro próximo encuentro mediante ésta misma, le decimos:

¡Arrivederci!

¡Nos vemos entonces!

¡Tenga usted hoy un día bendecido!

 

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