TEMA:
Aborto Provocado

 

   

El Feto . . .

 ¿UNA PERSONA?

I

 

|                  Tengo ante mí la foto de un bebé abortado de seis meses y medio. Se encuentra acostado sobre su lado izquierdo en el fondo de una cubeta o zafacón de hospital. Se le nota una laceración enorme en el antebrazo derecho. Está engurruñadito como si tuviera frío y como si esperara que algún alma piadosa lo cubriera con una frazadita. Su suerte, en cambio, será ser tirado a la alcantarilla como un desecho humano o al incinerador como si fuera basura. Sus crudelísimo congéneres le han asfixiado la vida negándole el derecho de nacer.

                   "¡Paren la matanza!"  Este era el grito de batalla que se oía en los  Estados Unidos al final de la guerra de Vietnam en 1973. Los vociferantes agitaban pancartas con slogans que protestaban la matanza de 46,000 soldados norteamericanos en doce años de guerra.  Justo ese mismo año la Suprema Corte de Justicia, de un plumazo, "liberalizó" la ley que restringía el aborto provocado. En lo sucesivo se permitirían abortos en los primeros meses de gestación o cuando la vida de la madre corriera peligro.

     ¡Paren la matanza!  ¡Paradojas! - ¡La matanza sólo comenzaba! ¡Apenitas se le abría la válvula! La despenalización del aborto se constituye en el más sobrio y  macabro presagio de otras matanzas que también se legalizarán más adelante. ¡Alerta, muchachos!

                   Al año siguiente de la legalización del aborto provocado, en un estado norteamericano solamente, se provocarían 200,000 abortos. Es decir, en sólo un estado, en sólo un año, se asesinaron sobre cuatro veces más seres humanos que en doce años de guerra en Vietnam. Y este horror se hizo al amparo de la ley y con la sanción de la sociedad. La cifra se ha abultado desde entonces y en años subsiguientes se estima que más de un millón millón y medio de abortos se provocaron en  los Estados Unidos todos los años.

                   La matanza es millonaria también en la suma del resto de las naciones occidentales, incluyendo las de Latinoamérica y España, donde irónicamente la familia todavía conserva más cohesividad, más apego a los engendros, y donde en la mayoría de los casos el aborto es penado por la ley. Ni hablar del holocausto que se lleva a cabo en los países que por años estuvieron detrás de la cortina de hierro.

                   El aborto a petición es un problema de orden legal, médico, social, económico, filosófico, moral y religioso. Le afecta a usted. Me afecta a mí. Nos afecta a todos. Causa una enorme división en la familia humana creando una brecha ideológica que agrupa, a lo menos, dos bandos: los que favorecen el aborto inducido y los que están en contra.

                   Hay un número de premisas o puntos de partida para este debate. Esperamos considerarlas en el curso de las varias entregas que seguirán a esta.  Iniciamos nuestras consideraciones haciéndonos la pregunta fundamental:

  ¿Es un feto humano una persona? 

                   La pregunta es sólo necesaria por la afirmación discrepante que hacen los abortistas. Para éstos el feto es sólo un paquete de células sin significado y sin posibilidad de sobrevivir fuera de la madre. A esta posibilidad de sobrevivencia independiente la llaman  v i a b i l i d a d.   En un artículo próximo, enfocaremos por separado el tema de la viabilidad.

                   ¿Es el feto humano una persona? ¿Tiene el derecho fundamental a la vida? ¿Debe el feto disfrutar del amparo de la ley tal y como lo tienen los ya nacidos? Si se lograra establecer o descalabrar la personalidad del feto, se acabaría el debate. Por nuestra parte, en estos artículos, procuraremos establecer la personalidad del feto a la luz de la Biblia, a la luz del sentido común, de la lógica, de la moral.

Todos los años, en primavera, me procuro unas semillitas de tomate. Las siembro en un semillero plástico para luego trasplantar las crecientes matitas a un rincón del patio.  Nunca me ha sido difícil identificar, sin equivocarme, lo que es una semilla de tomate. Bregando con ellas me lucen distintas a otras semillas que también conozco. Cuando la plantita se ha despegado del suelo varias pulgadas, procedo a amarrar sus ramitas a un marco de madera que le he preparado especialmente. Me interesa que la débil plantita eche todo el cuerpo posible pues eso en su momento significará mayor número de

plantita empieza a florecer y luego cuaja unos tomatitos verdes que crecen y crecen y crecen hasta hacerse grandotes, hermosotes, carnosos, jugosos y coloreados del rojo más vivo. Es imposible confundir este fruto aunque lo coloque al lado de una roja manzana o de una naranja. Son simplemente distintos.

                   Entonces me siento en un banco en el fondo del patio y me pongo a filosofar. Me pregunto mil veces . . .  en realidad, ¿qué es el tomate? ¿Es el tomate la fruta carnosa rojiza que mi esposa deleitada sirve en la ensalada? ¿Es el tomate la débil plantita semi trepadora? ¿Es el tomate la semilla original que sembré? Póngase usted a pensar de lo lindo. Aquí hay mucho combustible para la maquinaria del cerebro.  Mucha tela por cortar. Dele vueltas y vueltas al ciclo pensante hasta que le dé mareo. El tomate fruto no llega a ser tomate sin la plantita que hemos descrito. La plantita no llega a ser plantita sin la semilla de la cual sale. La semilla no llega a ser semilla sin el fruto que la alberga.

                    ¿En qué quedamos por fin?

                   ¿Qué es lo que es el tomate?

                   ¿Será que en definitiva "tomate" es sólo un concepto que describe un 'proceso' del cual la semilla, la planta y el fruto son sólo etapas?

                     ¡Sospecho que sí!

                   Cuando yo era un muchachito gustaba de criar gallinas en el patio de la casa paterna. Intencionalmente dejaba varios huevos en el nido para provocar el encluecamiento de la mamá gallina. Luego la dejaba echarse por 18 o 21 días sobre estos huevos. Al término de la incubación metía la mano por debajo de la gallina, sacaba los huevos y procedía a partirles la cáscara para ayudar a los pollitos a salir de su encierro. Claro, me percataba primero de que los pollitos hubieran ya empezado a rajar el cascarón picoteando desde adentro. ¿Y sabe? Nunca vi salir de uno de esos huevos a un gatito, ni a un conejito, ni siquiera a un patito. ¡Siempre salían pollitos!

                   Concluyo entonces que debe haber una relación intrínseca entre la gallina y el huevo, y viceversa, de la cual los pollitos son sólo una etapa. Tanto la semilla del tomate como el huevo de la gallina están sujetos a una ley fundamental de genética. Esta ley es irreversible y nunca falla. Al describir la creación la Biblia elocuentemente la  enuncia y la repite: "Cada uno según su género o especie".

                   Cuando estudiaba la carrera de medicina, me encontré con una difícil materia a la cual llamaban embriología. De esta ciencia, y de la biología, aprendí que el embrión humano se origina cuando un espermatozoide humano o célula masculina, fecunda al óvulo humano o célula femenina. Estas dos células humanas originales se funden en el momento de la fecundación para formar otra entidad humana celular programada ingeniosamente para reproducir en el nuevo ente todas las características humanas que usted y yo, como adultos, poseemos. Dicho de otro modo, tanto usted como yo fuimos una vez embrión también y aquí estamos ahora, hechos y derechos.

                   Se hace aparente que un embrión concebido por humanos ha de ser, por lógica, humano. Si no es humano por lógica voluntaria y amañada, lo es por ley genética obligada. Si el embrión humano es humano, y lo es, entonces es también una persona y no un tomate, o un pollito, ni un mineral. Pero he aquí que en el momento en que usted lee estas líneas, millares de embriones o fetos humanos están siendo exterminados. Tan indefensas son estas criaturitas que no son capaces de gritar a pulmón lleno: ¡Paren la matanza! ¡No pedí que me engendraran! ¡No me consultaron antes de concebirme! Ahora que lo han hecho sin mi consentimiento:  ¡Déjenme vivir! ¡Yo quiero vivir!

                Nuestro amigo, Dios crea y sostiene la vida. La perpetúa sabiamente por las leyes de la genética, cada una en su orden, cada una según su especie. Dios odia el asesinato y lo prohibe en su ley moral. Nos hace conscientes del bien y del mal por medio de un monitor moral interior que coloca muy hondo en la especie humana. Adicionalmente, nos da un testimonio externo, el de sus mandamientos y principios morales. Todo hombre sensible reconoce que el aborto contraría los propósitos de Dios. No nos hagamos pues monstruos violando gratuitamente nuestra conciencia. No aplastemos en nosotros la onza de decencia con que vinimos al mundo. Volvamos a la sensatez. Pongamos en reverso la tendencia feticida de la hora en que vivimos. Reconozcamos en el embrión, en el feto, la estampa de la imagen de Dios con que salió de las manos del Creador. Acordémosle un sitial como la más excelsa de las creaciones. Reconozcámosle el derecho a la vida. ¡Dejémosle nacer!  

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