TEMA:
Aborto Provocado

 

 

CUANDO LA VIDA DE LA MADRE PELIGRA 

V I I

                     El caso en que el embarazo amenaza la vida de una mujer impone en nosotros una seria reflexión moral. Es una de las encrucijadas más difíciles a que nos puede arrojar el problema del aborto en demanda. La sobria decisión que encaran el médico, el esposo, la familia, y los líderes de la iglesia, conlleva el más austero escudriñamiento de alma.

                   ¿Debemos salvar la vida de la madre disponiendo de la del feto? o ¿debemos salvar la vida del feto sin importarnos lo que le pase a la madre? Ambas opciones son nueces muy duras de partir. Constituyen decisiones que uno desearía nunca tener que hacer.

                   El que esto escribe ha estado allí. A mí me tocó hacerlas. La vida me trajo ese dilema una vez. Hice esta monumental decisión ayudado por mi fe en Dios, mi reverencia por la vida, mi instinto de sumisión a la Providencia Divina y la opinión de varios doctores. Mi decisión probó ser acertada. Le cuento . . .

                   En el tercer mes de su embarazo, mi señora desarrolló un tumor o fibroma que iba creciendo juntamente con la criatura. Estaba atendiéndose entonces con uno de los mejores obstetras, si no el mejor, de la ciudad en que vivíamos. Lo llamaremos el Dr. M para los fines de este artículo. El Dr. M era un excelente partero. Su clientela era enorme; su reputación muy alta; su fama muy extendida. Era Director General del Hospital de Maternidad del Estado, un reputado catedrático de obstetricia en la Universidad Nacional y el propietario de una clínica privada donde hacía numerosos partos. Su experiencia como partero era arrolladora; su crédito profesional, indiscutible. Si hubiera ido a tener cien hijos, los cien los hubiera parteado el Dr. M.

                   Un día me notificó que mi esposa necesitaba una operación URGENTE. Le había encontrado un fibroma que crecía a la par de la criatura. Me dijo que eventualmente el tumor oprimiría la cabeza del bebé, deformándola, y que aún la vida misma de mi querida esposa corría peligro. Enfatizó el hecho de que debía hacerse esta cirugía INMEDIATAMENTE. ¡No había tiempo que perder!  Al cuestionar más profundamente al Dr. M, me hizo evidente que la criatura se perdería en la operación.

Consulté a mi tío, un cirujano militar. Por su mediación conseguimos que un urólogo y otro obstetra (partero) examinaran a mi señora. Luego de examinarla individualmente, los tres médicos coincidieron con el diagnóstico del Dr. M.  Confirmaron la presencia del creciente fibroma pero no estuvieron de acuerdo con la URGENCIA de la operación. No creían en la posibilidad de deformación de nuestro bebé, ni en el peligro inminente de la vida de mi esposa.

                   A petición mía, el Dr. M consintió en un debate con los otros tres médicos. Fijamos el día, la hora y el lugar. Mi señora y yo, más los tres médicos, nos apersonamos en la clínica del Dr. M el día de la cita. Hubo un careo médico en nuestra presencia. Los doctores argumentaban sobre problemas de obstetricia. Discutían técnicas operatorias. Citaban autores, procedimientos y textos de medicina.

Traían a colación casos actuales de sus experiencias médicas. Los tres facultativos que fueron con nosotros se mantuvieron firmes en sus convicciones y el Dr. M en las de él. El Dr. M          

decía con vehemencia golpeando la mesa: "Si fuera mi hermana, la operaría inmediatamente". Los otros tres insistían que mi señora podía llevar a feliz término su embarazo y en el momento del alumbramiento se le intervendría.       

                             Luego de un buen rato de controversia, los doctores se dirigieron a mí para que diera el veredicto final. Había escuchado con fija atención sus argumentos. Había pedido a Dios su iluminación sobre la ruta que debía tomar. Y, claro, opté por la opinión del trío de médicos que me habían acompañado. ¡Esperaríamos el momento del parto para hacer la cesárea!

                   Llegó el día y mi señora tuvo su operación alumbrando nuestra hija Perlita. ¡Ni trazas de deformidad! Todo se hizo bajo la dirección del Dr. M y en su clínica privada. Perlita nació con una gritería increíble. ¡Podía escucharla a leguas! Gritaba como si no hubiera querido venir al planeta tierra a saludar a su papá.  ¡Cuánta felicidad trajo esta niña a nuestro hogar! ¡De lo que nos hubiéramos perdido si hubiéramos seguido a ciegas la opinión de nuestro excelente partero! El Dr. M, como todos los obstetras del mundo, no era más que un frágil ser humano sujeto a errores y a serias limitaciones.

                   Hay momentos, carísimo lector, cuando el hombre frente a sus dilemas más severos, sus encrucijadas y laberintos más difíciles, debe admitir sus limitaciones y confiar en la sabiduría de las disposiciones de Dios. Hay momentos cuando al hombre le toca dejar que DIOS SEA DIOS sin arrogarse el derecho de tomar las cosas en sus propias manos. Dios da, Dios sostiene, y Dios quita la vida soberanamente. El tiene una providencia sabia con cada ser humano que viene a este mundo. No es prerrogativa del mortal decidir quién debe morir o quien debe vivir. Estas son atribuciones exclusivas del Dios todo sabio. Nunca las ha capitulado. Jamás las entregó en manos de otro.

                   Según el sentido común, al cual apoya la legislación humana, el médico no tiene derecho de matar a la madre para salvar al feto ... ¿quién, pues, le concede el derecho de matar al feto para salvar a la madre? En el análisis final, la función médica es salvar, no destruir la vida. El médico que asfixia la vida, niega su clase, traiciona su vocación, viola su juramento hipocrático, y todavía peor, mancha sus manos de sangre inocente y cauteriza su conciencia. Estos descensos morales le confieren por fuerza un título distinto al de médico. Con más propiedad debía llamársele, 'aborturero'.  Médico que lees estas líneas, sé partero, no aborturero.

                   Nuestra limitación de mortales debe llevarnos a respetar los designios soberanos del Creador de la vida. Cuando las circunstancias nos estrellen contra la pared, cuando el rodar de la vida demande de nosotros más de lo que como mortales podemos rendir, es mejor levantar el corazón hacia el cielo y pedir una medida copiosa de la unción e iluminación divinas sobre el sendero que debemos tomar. Cuando la ciencia nos pida participar en decisiones cuya providencia escapen nuestras responsabilidades como entes morales, ¿no es más seguro dejar que las cosas tomen su curso natural y si esta es la providencia de Dios, preferir que hayan dos MUERTES NATURALES y no que se salve una vida a expensas de otra? Después de todo ... ¡la muerte es inevitable! La vida que salvamos hoy, morirá mañana. "Está establecido a los hombres que mueran" - dice la bíblica sentencia. Nada ni nadie puede controvertir este dictamen salido de la boca de Dios mismo. 

 

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